La leyenda de Okiku y el pozo maldito
Cuando la noche cae sobre el antiguo castillo de Himeji, en Japón, algunos visitantes aseguran que el viento trae consigo un murmullo extraño. Es un lamento suave, casi un suspiro, que va contando números… hasta que se rompe en un grito desgarrador.
“Uno… dos… tres… cuatro…”
Así comienza la historia de Okiku, una joven sirvienta que trabajaba en la residencia de un poderoso samurái.
Okiku era leal y dedicada, pero también poseía una belleza que no pasaba desapercibida. Su señor, Aoyama Tessan, la deseaba. Intentó conquistarla, pero ella, firme en sus principios, lo rechazó una y otra vez. La humillación del samurái se transformó en ira y entonces ideó un plan cruel. Aoyama acusó a Okiku de haber perdido uno de los diez valiosos platos de oro que custodiaba el castillo. Para ella, aquello era una sentencia de muerte, pues la deshonra no tenía perdón. Entre lágrimas, Okiku contó los platos una y otra vez:
“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…”
El décimo nunca aparecía.
Desesperada, Okiku cayó en la trampa. El samurái le prometió perdón si aceptaba ser su amante, pero ella lo rechazó de nuevo. Cegado por la rabia, Aoyama la golpeó y la arrojó a un pozo profundo, donde su vida se apagó en la oscuridad.
Desde entonces, dicen que su espíritu se alzó del agua convertido en un fantasma. Cada noche, Okiku emerge del pozo y comienza a contar los platos:
“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…”Y cuando llega al final, su voz se quiebra en un grito desgarrador que hiela la sangre.
Los monjes del lugar intentaron apaciguar su alma, pero la leyenda cuenta que aún hoy, quien pase cerca del castillo de Himeji en las noches más silenciosas, puede escuchar aquella voz repitiendo su eterna cuenta.
No es un simple relato de miedo, sino una advertencia: la injusticia, la traición y la crueldad jamás quedan impunes. El espíritu de Okiku sigue allí, recordando que incluso en la muerte, la verdad encuentra su manera de salir a la luz.



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